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MITOS Y LEYENDAS

11 de octubre de 2026

LA MUJER QUE PEDÍA AGUA EN EL CEMENTERIO DE OLTA: UN MISTERIO DE LOS MITOS RIOJANOS

Cuentan que, en el cementerio de Olta, ocurrió una historia tan extraña que quienes la vivieron todavía recuerdan con un escalofrío aquella tarde en la que una mujer apareció entre los nichos… y desapareció sin dejar rastro.

Era un caluroso sábado, a las cinco de la tarde, justo el día anterior al Día de la Madre. El sol todavía castigaba con fuerza y el silencio reinaba entre las tumbas. Allí estaban Gerardo y Héctor, ocupados en limpiar el nicho de su familia. Retiraban las flores marchitas, cambiaban el agua de los jarrones, colocaban flores nuevas y regaban el lugar. También quitaban los restos de cera que habían quedado en un pequeño reparo donde acostumbraban encender velas.
Mientras trabajaban, conversaban tranquilamente. A esa hora, eran los únicos que se encontraban en aquel sector del cementerio.
Hasta que, de pronto, apareció una mujer.
Tendría unos setenta años, aunque se movía con una agilidad que llamaba la atención. Se acercó a ellos mientras observaba los nichos que la Municipalidad había construido para personas de escasos recursos. Eran estructuras elevadas, levantadas a considerable altura para aprovechar mejor el espacio disponible.
La mujer los miró y, como si los conociera de toda la vida, comenzó a conversar.
—Yo vengo siempre a visitar el nicho de una amiga mía. Ella murió en el año 1994 —les dijo.
Entonces levantó la mirada y señaló uno de los nichos que se encontraba allá arriba.
—Ese que está allá es su nicho.
—Ah, sí… —respondió Gerardo, sin darle demasiada importancia.
La anciana llevaba consigo un pequeño recipiente negro, parecido a un tarro de pintura de unos dos litros. Sin embargo, había algo particular en él: su superficie brillaba de una manera extraña.
La mujer volvió a hablar.
—Yo siempre vengo a verla y le traigo agua en este baldecito.
Gerardo, intrigado por aquella costumbre, le preguntó:
—¿Usted le trae solamente agua?
La respuesta de la mujer los dejaría pensando mucho después de aquel encuentro.
—Sí, porque ella me pide agua. ¡Hace mucho calor! ¿Me ayuda a ponerle agua en los floreros? Yo no alcanzo.
Héctor no dudó en ayudarla. Se estiró todo lo que pudo para llegar hasta los recipientes, porque el nicho estaba demasiado alto. Llenó un florero, después otro y, una vez más, volvió a alcanzar los frascos hasta completar la tarea.
Fueron tres veces las que tuvo que estirarse para terminar de colocar el agua.
Finalmente, satisfecho con el trabajo, giró sobre sus pasos.
—Bueno, ¡listo! —dijo, mientras volvía la mirada hacia la mujer.
Pero la anciana ya no estaba.
Había desaparecido.
Héctor miró a su alrededor, desconcertado. Apenas unos segundos antes, la mujer estaba allí, junto a ellos, con su pequeño recipiente negro. Ahora no había nadie.
Y entonces sucedió algo todavía más inquietante.
Desde algún lugar del cementerio se escuchó un grito. No era un grito común: sonaba como si alguien se estuviera hundiendo lentamente bajo la tierra, alejándose de la superficie hasta perderse en las profundidades. Gerardo y Héctor salieron rápidamente a recorrer los angostos pasillos. Miraron entre los nichos, buscaron detrás de las estructuras y trataron de descubrir hacia dónde había podido dirigirse la mujer.
Pero no encontraron a nadie.
Ni una puerta que se cerrara, ni pasos que se alejaran, ni el más mínimo indicio de su presencia.
Simplemente, había desaparecido.
Los dos hombres sintieron un escalofrío que les recorrió el cuerpo. Se quedaron un buen rato cerca de la entrada del cementerio, esperando que aquella mujer apareciera por algún lado.
Esperaron.
Pero nunca salió.
Fue recién después, cuando intentaron reconstruir lo ocurrido, que comenzaron a advertir los detalles que antes les habían parecido insignificantes. ¿Por qué aquella mujer visitaba desde hacía tantos años a una amiga fallecida en 1994? ¿Por qué le llevaba únicamente agua? ¿Qué significaba aquella frase, dicha con tanta naturalidad, de que su amiga le pedía agua porque hacía mucho calor?
Y, sobre todo, ¿cómo había desaparecido en cuestión de segundos, sin que ninguno de los dos pudiera verla marcharse?
Nadie pudo encontrar una explicación para lo sucedido.
En Olta, como en tantos rincones de nuestra querida tierra riojana, las historias que se cuentan entre susurros forman parte de la memoria popular. Relatos de apariciones, presencias inexplicables y encuentros que desafían la razón se transmiten de generación en generación, alimentando los misterios que rodean a los lugares donde descansan nuestros seres queridos.
Y aquella tarde, entre nichos silenciosos y flores recién regadas, Gerardo y Héctor vivieron un episodio que difícilmente olvidarían.
Porque, a veces, los misterios no aparecen en medio de la oscuridad de la noche.
A veces, llegan a plena luz del día, conversan con nosotros, nos piden un poco de agua, Y cuando nos damos vuelta, ya no están.
¿Quién era aquella mujer? ¿Y a quién le llevaba agua realmente?
Quizás, en algún rincón del viejo cementerio de Olta, todavía permanezca sin respuesta el secreto de aquella misteriosa visita. Una historia de esas que, en La Rioja, se cuentan con la voz baja… y dejan más preguntas que respuestas.

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